“No te embaraces de ilusiones porque parirás desengaños”.
(Saber popular)
Durante los últimos cinco años, un silencioso, pero decidido cambio, ha venido sucediendo en la determinación de las grandes empresas que operan en el Sector de los Hidrocarburos para colocar sus más importantes inversiones. Por siempre, las empresas han centrado sus decisiones de inversión evaluando los riesgos. Inversiones para producir crudo o gas con bajo riesgo técnico-operacional pero con un alto riesgo político o hacer inversiones en países estables pero que demandan grandes inversiones en investigación tecnológica y mejores prácticas operacionales.
Las grandes empresas han invertido, por décadas, en el Medio Oriente, conscientes de su alto riesgo, debidamente aderezado por cuestiones sociales, religiosas y culturales, pintando un cuadro de equilibrio inestable. También convinieron en invertir en países del continente africano, con altos riesgos políticos, sociales, religiosos y culturales pero, además, aliñados por una altísima carga de corrupción e informalidad que simulan un campo minado por el cual han transitado, día a día.
Todos estos esfuerzos se han hecho, en función de una creciente demanda de energía que parece no saciarse solo con combustibles fósiles y que aboga por energías alternas y una disrupción tecnológica que cambien el rumbo a futuro, pero que todavía no tiene fecha de inicio, motivo por el cual, los combustibles fósiles, primordialmente, el petróleo y el gas continuarán siendo el insumo requerido para mover las economías.
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