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lunes, 29 de noviembre de 2010

El día de la infamia

19 Noviembre, 2010

(Por el General Carlos Julio Peñaloza, Ex Comandante General del Ejército)

El Presidente de la República ha anunciado con extraño alborozo el ascenso de su nuevo general en jefe. Ese honor de Chávez es la deshonra de los venezolanos, quienes abochornados presenciamos como se le dan los últimos toques a la destrucción a las otrora orgullosas Fuerzas Armadas Nacionales. El repugnante espectáculo de ascenso es la violación más grave de todas las cometidas por Hugo Chávez en detrimento de la decencia republicana y por lo tanto el día en que se comete debe ser declarado el Día de la Infamia.
Ni siquiera podemos imputar a Henry Rangel. Él es ejemplo de la hipnosis que Chávez ejerce sobre ciertas mentes primitivas. En 1978, con el país en calma gracias a la pacificación impulsada por Caldera, Henry decidió ser militar. A los 16 años, siendo un adolescente ilusionado, ingresó a la Academia Militar para servir al país. Allí, aun imberbe e inocente, juró defender la patria y sus instituciones hasta perder la vida si fuera necesario. Pero entre bastidores acechaba, lujurioso de poder, el teniente Hugo Chávez, quien había ingresado al Ejército con la siniestra misión de reclutar jóvenes militares para un eventual golpe contra la república democrática. Su misión era destruir la democracia e instaurar una dictadura marxista dirigida por Fidel Castro desde Cuba.
En la Academia Militar, Henry fue síquicamente violado junto a otros ingenuos cadetes casi niños. Fue la peor de las violaciones: se le violó la mente. Se le lavó el cerebro y se le convirtió en enemigo de la patria, devoto de un sistema de valores ajenos al ser del venezolano.
Durante su calculadamente prolongada pasantía por el instituto, Chávez ejecutó al revés el orgulloso lema del instituto: “La Academia Militar forma hombres dignos y útiles a la patria”. Los menores de edad seducidos por su vaho se convirtieron en enemigos de la patria, útiles para Chávez y Fidel Castro. Ahora tiene la desvergüenza de llamar apátridas a quienes no compran sus aberraciones marxistas.


Continua: