El término está cada vez más de moda. Ahora no lo invitan a uno a dar conferencias, a realizar una exposición, sino a un “conversatorio”. La palabra existe y no sé por qué a mí me suena como a confesionario. Según la Real Academia, es una mesa redonda de personas versadas en una materia y también una reunión concertada para tratar un tema.
Traigo el asunto a colación, porque el pasado miércoles mientras realizaba mi vigilia chatáinica entró una cadena con el susodicho, cuyas visitas al país son cada vez menos reseñadas por los medios de comunicación y uno a veces ni se entera de que llegó. La cadena era efectivamente un “conversatorio”, porque había allí personas versadas y tocaban un tema en específico: el 11 de abril, en un intento de reconstruir la memoria histórica de lo acontecido. Aquello discurría en ánimo cordial y dicharachero, entre panas. Me faltaron como unos tequeños y una cremita de cebolla, de sobre, con pan tostado, un platico con rodajas de salchichón tipo milano y probablemente algo de queso amarillo picado en cuadritos y ensartado en palillos en la mesita de centro y, naturalmente, también un toque de esa espirituosidad tan nuestra con la que solemos relajar nuestros encuentros. La cadena iba, pues, en plan de veracidad y recuerdo.
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