“Post tenebram spero lucem” (Dspués de las tinieblas espero la luz)
Don Quijote
Carlos Andrés Pérez tiene una especial manera de irrumpir en la política. Donde fuera lo seguían multitudes a las que respondía agitando los brazos como aspas de molino. Durante 13 años fue sepultado en el fondo de un océano de injurias que enturbiaban el análisis sereno de su obra de gobierno. Enfermo y distante, no tenía maneras de defenderse. Se lo dio por finado antes de su muerte biológica. Pero siempre creyó que la historia –a él sí– lo absolvería. “Llueve y escampa”, repetía bajo la tormenta.
Y tuvo razón. El gran recibimiento que le prodigó el país no puede explicarse sólo porque el tiempo, finalmente justo, haya hecho reflotar su obra, ni por la comparación entre las acusaciones que se encadenaron para enjuiciarlo y el alud de disparates y de corrupción del actual gobierno. En el éxito sin mengua de los actos programados, se expresa un creciente malestar social. A Pérez le hubiera gustado ver sus restos convertidos en mudos fiscales del gobierno que lo acosó hasta después de muerto, y que eso hubiera ocurrido con el arma preferida del presidente Chávez: la emoción. La MUD actúa básicamente en el plano de la conciencia, y tiene toda la razón para hacerlo: los campos deben ser delimitados: en una acera vomitan insultos y rechazan cualquier diálogo, y en la otra consultan al pueblo, descartan la procacidad y defienden el diálogo. Lo de Pérez ha sido un componente agregado de indignación contra quienes conspiraron o guardaron comprometedores silencios. La movilización fue organizada por AD, que por cierto hizo una vistosa exhibición de unidad, pero se incorporaron a ella todos los sectores democráticos. Una enérgica demostración de pluralismo.
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