Civiles israelíes se protegen en una gran tubería de concreto usada como refugio, después del lanzamiento de un cohete desde la Franja de Gaza contra la localidad de Kiryat Malachi, en Israel, el jueves.
Uriel Sinai / Getty Images
Roland J. Behar
No hay causa sin efecto, ni efecto sin causa. La percepción –o la realidad– es que el actual gobierno norteamericano tiene una actitud diferente que las anteriores administraciones norteamericanas frente al conflicto árabe israelí y al gobierno de Irán. Las consecuencias no se han hecho esperar. A sólo unos días de conocerse el resultado de la reelección del presidente Obama, el gobierno Egipcio, bajo la Hermandad Musulmana, convoca a manifestaciones frente a todas las sedes diplomáticas israelíes en el mundo, retira su embajador de Israel y comienza a concentrar tropas en la frontera norte; ocurre “accidentalmente” un ataque de mortero sobre las Alturas de Golán; helicópteros de la Guardia Revolucionaria iraní sobrevuelan campos petrolíferos de Arabia Saudita, anuncian que no detendrán sus planes de enriquecimiento de uranio y unidades de sus fuerzas navales interceptan una embarcación de la Saudi Arabia Oil Co.
La nación israelí ha logrado sobrevivir en gran parte a su inteligencia. Y no me refiero aquí a la que ha proporcionado avances en todos los campos de la vida para la humanidad, sino a sus aparatos de inteligencia con alta capacidad de infiltración en organizaciones y territorios hostiles. Esto les ha permitido tener ubicados casi siempre a sus peores enemigos, los terroristas islámicos, siempre listos para eliminarlos cuando sea necesario para resguardo de la vida de los civiles israelíes, víctimas usuales de estos salvajes.
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