Moises Naim
Malala y Savita
Sus historias han recordado al mundo que el oscurantismo no es un fenómeno del Medievo
Este no es un trabalenguas. Son los nombres de dos personas que no podrían ser más diferentes ni tener menos en común. Pero a las dos les han sucedido cosas que iluminan aspectos tanto trágicos como esperanzadores del mundo en el que vivimos a comienzos del Siglo XXI.
Malala Yousafzai, pakistaní, tiene 14 años. Hace un mes, cuando volvía a casa en el autobús escolar, recibió un disparo que le atravesó la cabeza, el cuello y se le alojó en el hombro. Sobrevivió milagrosamente y ahora se recupera en un hospital en el Reino Unido. ¿Su pecado? El activismo en favor de la educación de las niñas.
Ehsanullah Ehsan, portavoz de los talibanes paquistaníes, al atribuir a su grupo la responsabilidad del ataque explicó que Malala “es el símbolo de los infieles y la obscenidad”, y aclaró que, en caso de sobrevivir, volverían a tratar de matarla. Y también a su padre, Ziaudinn, a quien responsabilizan por haberle lavado el cerebro. La primera evidencia de tal lavado de cerebro ocurrió cuando, teniendo tan solo 12 años, Malala, a instancias de un periodista de la BBC, comenzó a escribir un blog donde relataba aspectos de su vida bajo el régimen de los talibanes, quienes
continua