lunes, 11 de junio de 2012

El ocaso de la revolucion

Escrito por Rev. Martín N. Añorga   

                                          

Confieso que nunca me gustó la palabra revolución, especialmente en Cuba, pues la misma se inició en un marco de exageradas mentiras, absurdas promesas y engaños a granel.

Castro denunció desde la sierra que durante el régimen de Fulgencio Batista se habían asesinado a más de veinte mil cubanos. Tal acusación nunca fue documentada; sino que fue usada como base para fusilar a miles de militares sin la garantía de un juicio previo. El propósito era el de quitarse de encima a probables opositores.

El guerrillero, mitificado por la prensa extranjera, y aupado por elementos cobardes que pretendieron comprarle con jugosas donaciones, se presentó como un demócrata que no aspiraba al poder absoluto y que celebraría en un plazo relativamente breve elecciones libres y limpias. “Queremos -dijo el tirano- que Cuba sea un ejemplo de democracia representativa con verdadera justicia social”, y reafirmó de manera insistente que “respecto al comunismo, sólo puedo decirles una cosa: no soy comunista ni los comunistas tienen fuerza para ser determinantes en mi país”. Este desvergonzado en cierta ocasión, al principio de su lamentable trayectoria, gritaba que “nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella”. Más de medio siglo después podemos decir, sin exageraciones ni promovidos por el rencor, que Fidel Castro ha sido el gobernante más mentiroso y farsante que ha sufrido el pueblo cubano.

continua