“…raudas moscas divertidas, perseguidas, perseguidas, por amor de lo que vuela”, dice Antonio Machado cuando exime al denostado insecto de su origen de podredumbre y lo eleva a la categoría de imagen, símbolo y representación del movimiento. Si algo es inherente a todo lo que sobre la tierra habita es justamente su carácter cambiante, trátese éste del hombre que anda en busca de sí mismo (y allí el movimiento es sólo un soplo de lo intangible), de los peces que migraron hacia su alma de reptiles hasta que, según Darwin y su “Origen de las Especies”, terminaron enseñoreándose de los cielos. O, de lo que se sitúa en el rincón más íntimo de la naturaleza, cuando se trata del temblor de una piedra cuando está a punto de nacer.
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