sábado, 13 de agosto de 2011

Simplifica y yerra


Abel Ibarra

Preparándome para los tiempos que vienen acostumbro a voltearle el forro a la chaqueta reversible de los lugares comunes, poniéndosela difícil a la gente que me inquiere (sí, inquiere de inquisición) acerca de mi posición política, debido a lo zigzagueante de los razonamientos que expongo en mis artículos y les respondo que si perteneciera al Partido Republicano me afiliaría al ala liberal y, si al Demócrata, andaría pastando por los cobertizos de la facción conservadora.
Y es que vivimos un momento de peligrosas simplificaciones en el que respondemos a los grandes interrogantes y conflictos que nos hacen la vida estrecha, con consignas y eslóganes que anulan nuestra capacidad de reflexión, para terminar proponiendo salidas con el pasmoso y aniquilante método de reducción al absurdo.
Veo en los Estados Unidos la ocurrencia de un fenómeno que en Venezuela se repitió hasta la saciedad de nuestra sed de venganza, como fue culpar a los políticos (en nuestro caso adecos y copeyanos) de todos los males que nos acogotaban y redujimos nuestras reflexiones al absurdo tratando de hacer borrón y cuenta nueva, eligiendo al espíritu cavernario de Hugo Chávez para que la historia comenzara con él y nos ayudara a purgar los pecados ciudadanos de la clase política, idénticos a los de la gente común, partiendo desde cero. 
La simplificación la pagamos caro y ahora nos devanamos los sesos para ver cómo salimos de este atormentado Chávez que nos metió en un laberinto de esquinas ciegas y, ojalá, también en el proceso, aprendamos a cambiar para que los tiempos cambien deslastrándonos de lugares comunes y frases hechas. 
En estos días escribí un artículo en el que defendía los viajes desde Tampa a La Habana porque creo que toda apertura es buena para el pueblo cubano que desvive en un onanismo asfixiante y algunos republicanos saltaron a decirme que con esos viajes lo que se hacía era engrosar los bolsillos de los Castro, pero, la verdad, es que no me imagino a Fidel y a Raúl al borde de los aviones, pasándole raqueta a los pasajeros que llegan al aeropuerto para ganarse unos pesos de más, ya que les basta con el petróleo venezolano.
También escribí que el desastre cubano no se debía al bloqueo americano y copié al dedillo unas declaraciones de Raúl Castro que sorprendieron a Tirios y Troyanos: “Más de una vez hemos dicho que nuestro peor enemigo no es el imperialismo ni mucho menos sus asalariados locales, sino nuestros propios errores y si son analizados con profundidad, se transforman en lecciones”, lo que sirvió para que algunos demócratas me acusaran, preguntando con un eslogan, que si “are we still fighting the Cold War” (¿todavía estamos peleando la Guerra Fría?), dando un salto hacia la época en que Fidel culpaba a los gringos de todos los males de la isla .
No sé si me explico porque la cosa es complicada, pero debemos estrujarle la paciencia al mundo para que la verdad resplandezca monda y lironda, aunque ésta cambie de vez en cuando en estos tiempos vertiginosos. Quid pro quo.