Antonio A. Herrera-Vaillant
Es un hecho que a partir de la Independencia las élites latinoamericanas tienden a jugar “posición adelantada” con relación a la masa subdesarrollada de su población.
Lejos de afanarse – como falsamente postulan ideólogos de la izquierda– por mantener un “statu quo” en beneficio propio, a lo largo de la historia las élites han postulado ideas, sistemas, y candidatos de avanzada ante pueblos poco preparados para recibirlos y aprovecharlos.
Eso es, en cierto modo, el problema central de las democracias formales de nuestra región, cuyos mecanismos utilizan toda una gama de energúmenos para imponerse sus complejos y megalomanías.
Es cierto que toda democracia es susceptible a la estupidez colectiva – allí tenemos el claro ejemplo de Estados Unidos con la elección del Sr. Obama; pero esa tontería - o “cojudez” como dirían los hermanos peruanos - se agrava con la ausencia de clases medias predominantes y de tradiciones cívicas inquebrantables.
Una de las mayores cojudeces colectivas es la recurrente fascinación con las charreteras de una cuerda de militares que para poco les ha servido a sus respectivos países. Una democracia madura y establecida puede asimilar las aspiraciones políticas de un Eisenhower o un De Gaulle, pero en la mayor parte de los casos la formación castrense no es la mejor escuela
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