BY GUILLERMO ARIAS
En una de sus largas entrevistas con Benedicto XVI, Peter Seewald lo confrontaba: ``¿Qué me dice acerca del sentimiento de culpa que caracteriza a los católicos frente a Dios? ``Ante Dios --le contestaba Ratzinger-- lo que nos invade es un vivo sentimiento de su tierna compasión. Observa el arte del barroco o del rococó. Ambos irradian caudales de plenitud y alegría. De típicas naciones católicas como Italia o España se dice, no sin razón, que poseen una gran vivacidad interna''. La reciente visita del Papa bávaro a la Península lo confirma.
Rodeado de miles de jóvenes congregados ante la prodigiosa fachada de la Catedral Compostelana, toda ella rebosante de luz y fervor, Benedicto preguntaba en magnífico crescendo de intensidad: ``¿Cómo es posible que se haga silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla?''.
``Es necesario que Dios resuene gozosamente de nuevo bajo los cielos de Europa''. Y se los digo cantado, parece entonar optimista el Papa en cada parada de su vigoroso itinerario apostólico. Hace unos días peregrinaba a Compostela y se allegaba a Barcelona. Y asómbrense, si alguien se hizo contagiosamente y masivamente presente por ramblas y plazas para endosar y acariciar al Pontífice fueron los chavales, chicas y mozos de la impredecible España.
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