Portada del libro "Basta de historias", del columnista Andrés Oppenheimer.
El bicentenario de la independencia de varios países latinoamericanos ha desatado una oleada de necrofilia: varias naciones están literalmente desenterrando los restos de sus próceres de la independencia en medio de una creciente obsesión con el pasado.
¿Se trata de una manera saludable de promover el orgullo y la unidad nacional? ¿O esta obsesión con la historia --que se manifiesta en todos los órdenes, desde los últimos best-sellers hasta los debates en los programas periodísticos de televisión-- es algo que está distrayendo a los países de la urgente tarea de concentrarse en el futuro, para hacerse más competitivos y reducir la pobreza?
En las últimas semanas, varios jefes de Estado han presidido solemnes ceremonias de exhumación de los restos de los héroes de la independencia de sus países.
En Venezuela, el presidente Hugo Chávez paralizó el país para desenterrar los restos del libertador Simón Bolívar en una ceremonia televisada a nivel nacional, tras la cual anunció conmovido que había encontrado dentro del ataúd una bota y "la perfecta dentadura'' del prócer de la independencia.
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