
Semana Santa con Alfonsín
Abel Ibarra
Esta semana falleció en Buenos Aires el ex presidente Raúl Alfonsín. Lo recuerdo clarito descendiendo del helicóptero en los jardines de la Casa Rosada, en Buenos Aires, luego de haber vencido los arrestos golpistas del teniente coronel Aldo Rico (que vaina con los tenientes coroneles) y sostener con mano firme la recién reconquistada democracia, escamoteada por los militares que sumieron a la Argentina en la dictadura.
Era Semana Santa y había ido a Buenos Aires acompañando a Doris Wells, la inolvidable actriz venezolana, quien debía someterse a un tratamiento especial para combatir una enfermedad que le andaba corriendo por los huesos como un cangrejo. Rebeca Benedetti hacía las veces de hada Madrina.
Hernán Pérez Belisario, a la sazón alto directivo de Radio Caracas Televisión, prestó su apartamento en “Quintana”, zona privilegiada de la capital porteña en las cercanías del Cementerio de la Recoleta, para que Doris comenzara el tratamiento con una nueva droga que el Dr. Hernández Plata, venezolano nacido en Maracaibo pero graduado de Médico en Argentina, había descubierto. La medicina prometía unos resultados milagrosos que efectivamente cumplió y Hernández Plata, junto a Armando Mesa, maracucho también, celebraron junto a nosotros tratándose de vos a vos por partida doble.
Eran tiempos ferruginosos en los que el “Austral”, moneda que sustituyó al peso con valor paralelo al dólar, ya había comenzado a depreciarse, la inflación andaba a lomos de pura sangre (tanto que uno tomaba un artículo en los aparadores a un precio y al salir del automercado ya tenía otro) y la conjura contra el presidente tenía hirviendo las calles por aquella ley del punto final, estatuto que daba por terminada la querella contra oficiales de menor rango que habían tenido participación en época negra de la dictadura.
Estaba vivo el recuerdo de la Guerra de las Malvinas, conflicto que la Junta Militar precipitó para legitimar sus desafueros y, paradójicamente, el estamento militar desprestigiado por su actuación durante el Golpe de Estado del General Videla contra Isabel Martínez de Perón (y su alter ego, el “Brujo” López Rega), contaba con una reputación asordinada, por su participación en la guerra contra el Reino Unido.
El presidente Alfonsín había heredado el caos creado por la administración de Isabelita (revuelto con sangre por la junta militar comandada por Videla) y hacía esfuerzos por mantener viva la democracia recién reconquistada.
Amparado en ese equilibrio de cuerda floja hecho por el presidente Alfonsín, fue que insurgió la figura de Aldo Rico, quien tenía el grado de mayor del ejército cuando la guerra de las Malvinas y, contando sólo con el prestigio que dan las armas, comandó un levantamiento militar en “Campo de Mayo” contra el presidente democráticamente electo.
Alfonsín, quien decía que “con la democracia se come, se educa, se cura”, se fue hasta el cuartel militar para obligar a que Rico depusiera actitud y armas. El pueblo se tiró a las calles de la Plaza de Mayo a defender su democracia entre el frío del inverso invierno austral y las castañas que ardían en los fogones instalados en la plaza.
Allí estábamos Doris y yo, cuando Alfonsín bajó del helicóptero: “Felices Pascuas”, dijo, como diciendo que se había salvado la democracia, hace exactamente 22 años, en una Semana Santa como la que está a punto de comenzar, en la que decidió irse para siempre. Paz a sus restos. Vale.
Abel Ibarra
Esta semana falleció en Buenos Aires el ex presidente Raúl Alfonsín. Lo recuerdo clarito descendiendo del helicóptero en los jardines de la Casa Rosada, en Buenos Aires, luego de haber vencido los arrestos golpistas del teniente coronel Aldo Rico (que vaina con los tenientes coroneles) y sostener con mano firme la recién reconquistada democracia, escamoteada por los militares que sumieron a la Argentina en la dictadura.
Era Semana Santa y había ido a Buenos Aires acompañando a Doris Wells, la inolvidable actriz venezolana, quien debía someterse a un tratamiento especial para combatir una enfermedad que le andaba corriendo por los huesos como un cangrejo. Rebeca Benedetti hacía las veces de hada Madrina.
Hernán Pérez Belisario, a la sazón alto directivo de Radio Caracas Televisión, prestó su apartamento en “Quintana”, zona privilegiada de la capital porteña en las cercanías del Cementerio de la Recoleta, para que Doris comenzara el tratamiento con una nueva droga que el Dr. Hernández Plata, venezolano nacido en Maracaibo pero graduado de Médico en Argentina, había descubierto. La medicina prometía unos resultados milagrosos que efectivamente cumplió y Hernández Plata, junto a Armando Mesa, maracucho también, celebraron junto a nosotros tratándose de vos a vos por partida doble.
Eran tiempos ferruginosos en los que el “Austral”, moneda que sustituyó al peso con valor paralelo al dólar, ya había comenzado a depreciarse, la inflación andaba a lomos de pura sangre (tanto que uno tomaba un artículo en los aparadores a un precio y al salir del automercado ya tenía otro) y la conjura contra el presidente tenía hirviendo las calles por aquella ley del punto final, estatuto que daba por terminada la querella contra oficiales de menor rango que habían tenido participación en época negra de la dictadura.
Estaba vivo el recuerdo de la Guerra de las Malvinas, conflicto que la Junta Militar precipitó para legitimar sus desafueros y, paradójicamente, el estamento militar desprestigiado por su actuación durante el Golpe de Estado del General Videla contra Isabel Martínez de Perón (y su alter ego, el “Brujo” López Rega), contaba con una reputación asordinada, por su participación en la guerra contra el Reino Unido.
El presidente Alfonsín había heredado el caos creado por la administración de Isabelita (revuelto con sangre por la junta militar comandada por Videla) y hacía esfuerzos por mantener viva la democracia recién reconquistada.
Amparado en ese equilibrio de cuerda floja hecho por el presidente Alfonsín, fue que insurgió la figura de Aldo Rico, quien tenía el grado de mayor del ejército cuando la guerra de las Malvinas y, contando sólo con el prestigio que dan las armas, comandó un levantamiento militar en “Campo de Mayo” contra el presidente democráticamente electo.
Alfonsín, quien decía que “con la democracia se come, se educa, se cura”, se fue hasta el cuartel militar para obligar a que Rico depusiera actitud y armas. El pueblo se tiró a las calles de la Plaza de Mayo a defender su democracia entre el frío del inverso invierno austral y las castañas que ardían en los fogones instalados en la plaza.
Allí estábamos Doris y yo, cuando Alfonsín bajó del helicóptero: “Felices Pascuas”, dijo, como diciendo que se había salvado la democracia, hace exactamente 22 años, en una Semana Santa como la que está a punto de comenzar, en la que decidió irse para siempre. Paz a sus restos. Vale.