jueves, 26 de marzo de 2009


Epa, Stefania, ¡Salud!
Abel Ibarra

¿Sabes una cosa Stefania?, cuando Dacha Nazoa me mandó el martes un email diciéndome que te habías ido al ciberespacio, le respondí que esa mañana había pensado en ti. Debe ser que las esquinas de Ybor City, la ciudad originaria de Tampa donde me gano la vida garrapateando palabras sobre papel, tienen un gancho memorioso para devolvernos el pasado intacto.Te vi subiendo por la rampa de la Escuela de Letras de la UCV (donde le fuimos poniendo cariño a los sueños para que perduraran), como si fuera ayer mismo. Traías el cabello suelto, como suelto el espíritu para las grandes aventuras (entre otras la de escribir), con esos hilos de miel que parecían a los de la Venus de Botticelli, cuando navegó sobre el Renacimiento montada en su concha marina. Al menos eso decía Adriano González León y nosotros le creímos.Pero años después, cuando tuve la suerte de visitar “Il Palazzo del Ufizzi”, en Firenze, como me gusta decir para echármela de italiano como tú, te vi exactamente igual sobre el lienzo, con los mismos cabellos de la misma miel, navegando sobre la misma concha marina, pero subiendo por la rampa de la Escuela de Letras de la UCV.Como estamos en este último momento de intimidad, me voy de confesión: tú me pareciste más bonita, sobre todo, porque desde ese día tu sonrisa se montó sobre la boca de Venus y la convirtió en una diosa más humana. Las otras veces que pude volver por esos pagos florentinos, era ella la que tenía tus cabellos y tu boca. Me habría gustado besarla para recordar cómo besan las diosas, pero, ni modo, se quedó indiferente en su cuadro como quien ve pasar el tiempo.Recordé, también exactamente, cuando fundamos el “Área Mágica”, aquella revista en la que tú, Lavinia, la Mini, Astromelia, Susana, Isabela, eran mozas y musas de ese desafío que nació para combatir la chatura que rondaba por los pasillos de la escuela de letras, la misma que hoy acogota a Venezuela y que nos puso a caminar por aceras distintas.Recordé, con un sustico, cuando nos salió el diablo disfrazado de gato en el balcón de aquel apartamento que le alquilamos a Enrique Izaguirre (salúdamelo por allá y dile que se fue sin despedirse), la vez que intentamos hacer nuestra tesis de grado a cuatro manos (como hacíamos todo), sobre “Terra Nostra”. Fue tanta la invocación de otredades (pongo esta palabra porque sé que te gusta mucho), que posiblemente el mismo Carlos Fuentes se sintió acosado por la insistencia creadora de ese libro que nunca fue y nos mandó al demonio para que desistiéramos de aquel propósito exorcista.Desistimos. Tú te dedicaste a cosas más sensatas como escribir sobre Borges y yo a buscar diablos menos severos como el bueno de Juan Rulfo y no nos ha ido tan mal en la vida, claro que a ti mejor, porque tienes más talento. Bueno, comencé diciéndote que te habías ido al ciberespacio. Fue porque leí los homenajes que te hicieron desde la realidad virtual de los diarios donde vivirás saludablemente. Adiós. Te juro que no me puse triste, pero si recordé un verso de Hesnór Rivera: “Las mujeres que me amaron de seguro han muerto”. Vale.P.S: Cuando se lo conté a Alexis Ortiz, no lloró de vaina. ¡Salud!.