sábado, 1 de noviembre de 2008

El precio de ser libres


El precio de ser libres
CARLOS ALBERTO MONTANER


Quién dijo que el mercado es estable y la riqueza debe crecer incesantemente? Hace pocos años el economista Joseph E. Stiglitz recibió el Premio Nobel por demostrar cómo la información asimétrica desequilibra los resultados bursátiles. Sólo quienes no tienen memoria histórica ignoran los ciclos empresariales y las crisis periódicas que sacuden a las sociedades en las que predominan la libertad económica y un sistema de producción basado en la existencia de propiedad privada, y en el que los precios los fija el mercado de acuerdo con la ley de oferta y demanda. Ese fenómeno, que afecta por igual a los modelos redistributivos escandinavos o a los que padecen menor presión fiscal (lo que invalida la tonta distinción entre un capitalismo bueno y otro malo), se intensifica en las sociedades más dinámicas y creativas, que son las más innovadoras e interrelacionadas, y las que más transacciones realizan.
En cambio, en las naciones sometidas a la planificación centralizada, en las que la producción la dirigen los funcionarios y los comisarios --Corea del Norte, Cuba, la URSS y sus satélites en sus buenos tiempos, si es que los hubo--, naciones en las que el Estado hace las veces de empresario, la economía no da esos bandazos bruscos, y no suele retroceder súbitamente, pero el costo de esa relativa estabilidad es el estancamiento, la mediocridad, la miseria palpable, y un creciente atraso relativo con relación a la economía de las sociedades libres. ¿Por qué esa falta de vitalidad en las sociedades colectivistas? Por su improductividad debida al ahogo sistemático de las personas emprendedoras y por el aplastamiento del ímpetu creativo de los investigadores y de los espíritus innovadores. También, por supuesto, por la falta de mercado y la ausencia de competencia, lo que les impide contar con un sistema razonable de precios.
A fines del siglo XIX, en el gobierno de Grover Cleveland, se produjo el ''pánico de 1893''. La bolsa cayó en picado y parecía que el capitalismo norteamericano (ya entonces la primera economía del mundo) se hundía sin remedio. Mientras eso sucedía, la electrificación del país se aceleraba, los teléfonos comenzaban a repiquetear insistentemente y los primeros autos recorrían las carreteras, los astilleros navales botaban barcos enormes diseñados con tecnología propia, la voz era atrapada en unos cilindros de cera, y una cosa llamada ''cine'' captaba imágenes en movimiento. El capitalismo era mucho más que la catástrofe de la Bolsa o la incertidumbre sobre el valor del dólar.

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