El capitalismo sobrevive y se va apañando
ALGUNOS apresurados quieren colocar la tapa de cierre al capitalismo y decretan su fin, consumido ¡por sus propias contradicciones, excesos e incapacidades! No es la primera vez que alguien propone esa conclusión, ni será la última. Pero no es probable que acierten. La actual crisis financiera es seria y severa, tal y como advierten a cada rato los dirigentes políticos del momento, dispuestos a refundar el dichoso capitalismo y encantados de disponer de un culpable de los males del presente.
Pero el capitalismo, con sus distintas variantes, no tiene alternativa. Quienes rechazan el modelo no esgrimen otro con resultados parecidos, más allá de ensoñaciones o promesas sin verificar. Y ahora, a pesar de que el sistema financiero que sustenta el capitalismo está en cuestión, traumatizado y en vilo, las economías capitalistas siguen proporcionando más que razonables resultados: el paro en los países de la OCDE se sitúa en torno al 7 por ciento y el empleo alcanza las cotas absolutas más altas de la historia; los precios al consumo no crecen más del 4 por ciento al año y el PIB crece menos que antes, pero más que la media anual de los dos siglos anteriores. Los flujos comerciales son elevados, los avances tecnológicos palpables y los índices de pobreza siguen a la baja, aunque sea a menor ritmo del deseable. Datos económicos fundamentales que no reflejan el fin de una era, más bien ajustes y rectificaciones.
A principios de los años cuarenta, uno de los más lúcidos economistas del siglo pasado, Joseph A. Schumpeter, publicó «Capitalismo, socialismo y democracia» y en sus primeras páginas anotó: «¿Puede sobrevivir el capitalismo? No, no creo que pueda. Pero esta opinión mía, lo mismo que la de todo otro economista que se haya pronunciado sobre la cuestión, carece por sí sola de todo interés... las realizaciones presentes y futuras del sistema capitalista son de tal naturaleza que rechazan la idea de su derrumbamiento bajo el peso de la quiebra económica; aunque el mismo éxito del capitalismo mina las instituciones sociales que le protegen y crea inevitablemente las condiciones en las que no le será posible vivir y que señalan claramente al socialismo como su heredero legítimo... No obstante el orden capitalista puede recuperar la fuerza y estabilizarse a medida que transcurre el tiempo, por lo que es quimérico esperar su derrumbamiento».
La prognosis de Schumpeter parece titubeante, propia de quien aprecia variables imprevisibles, pero la historia ha acreditado la capacidad de adaptación y renovación de ese capitalismo que el economista austríaco analizó en profundidad. Sobre el capitalismo han caído estos días facturas que cortan la respiración, varias crisis con características conocidas que nunca concurrieron simultáneamente: crisis de liquidez, ruptura de los umbrales de riesgo, esa codicia desaforada que forma parte de la naturaleza humana, y amenaza de colapso sistémico del sistema de crédito y de pagos.
ALGUNOS apresurados quieren colocar la tapa de cierre al capitalismo y decretan su fin, consumido ¡por sus propias contradicciones, excesos e incapacidades! No es la primera vez que alguien propone esa conclusión, ni será la última. Pero no es probable que acierten. La actual crisis financiera es seria y severa, tal y como advierten a cada rato los dirigentes políticos del momento, dispuestos a refundar el dichoso capitalismo y encantados de disponer de un culpable de los males del presente.
Pero el capitalismo, con sus distintas variantes, no tiene alternativa. Quienes rechazan el modelo no esgrimen otro con resultados parecidos, más allá de ensoñaciones o promesas sin verificar. Y ahora, a pesar de que el sistema financiero que sustenta el capitalismo está en cuestión, traumatizado y en vilo, las economías capitalistas siguen proporcionando más que razonables resultados: el paro en los países de la OCDE se sitúa en torno al 7 por ciento y el empleo alcanza las cotas absolutas más altas de la historia; los precios al consumo no crecen más del 4 por ciento al año y el PIB crece menos que antes, pero más que la media anual de los dos siglos anteriores. Los flujos comerciales son elevados, los avances tecnológicos palpables y los índices de pobreza siguen a la baja, aunque sea a menor ritmo del deseable. Datos económicos fundamentales que no reflejan el fin de una era, más bien ajustes y rectificaciones.
A principios de los años cuarenta, uno de los más lúcidos economistas del siglo pasado, Joseph A. Schumpeter, publicó «Capitalismo, socialismo y democracia» y en sus primeras páginas anotó: «¿Puede sobrevivir el capitalismo? No, no creo que pueda. Pero esta opinión mía, lo mismo que la de todo otro economista que se haya pronunciado sobre la cuestión, carece por sí sola de todo interés... las realizaciones presentes y futuras del sistema capitalista son de tal naturaleza que rechazan la idea de su derrumbamiento bajo el peso de la quiebra económica; aunque el mismo éxito del capitalismo mina las instituciones sociales que le protegen y crea inevitablemente las condiciones en las que no le será posible vivir y que señalan claramente al socialismo como su heredero legítimo... No obstante el orden capitalista puede recuperar la fuerza y estabilizarse a medida que transcurre el tiempo, por lo que es quimérico esperar su derrumbamiento».
La prognosis de Schumpeter parece titubeante, propia de quien aprecia variables imprevisibles, pero la historia ha acreditado la capacidad de adaptación y renovación de ese capitalismo que el economista austríaco analizó en profundidad. Sobre el capitalismo han caído estos días facturas que cortan la respiración, varias crisis con características conocidas que nunca concurrieron simultáneamente: crisis de liquidez, ruptura de los umbrales de riesgo, esa codicia desaforada que forma parte de la naturaleza humana, y amenaza de colapso sistémico del sistema de crédito y de pagos.
FERNANDO GONZÁLEZ URBANEJA
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