Abel IbarraHugo Chávez es tan hiperbólico como Calígula en eso de la egolatría. Cuenta Robert Graves en su novela “Yo Claudio”, que Cayo Julio César Augusto Germánico, futuro emperador de Roma, solía acompañar a su padre Germánico en sus expediciones militares por tierras bárbaras calzando las “caligas”, botas primitivas de los legionarios que le hicieron ganar el histriónico nombre de Calígula, sinónimo de “botitas”. El hecho parece haber marcado el destino del muchacho, quien, acostumbrado al boato y la pleitesía que se le rindió en sus primeros años como mascota del ejército, creyó ver su futuro hecho para las estatuas, incluso, para habitar en el Panteón Romano donde estaba inscrito el nombre de su tío abuelo Augusto con la tinta indeleble de los dioses.
continua