Era la época del Debate General en las postrimerías de 1995, en la Asamblea General de las Naciones Unidas.En un ángulo del salón, a solas, se encontraba el Presidente.
Es un salón alargado de amplios ventanales que miran al Río del Este, en Nueva York, donde se reúnen en mesitas y sillones tras una copa o una taza de café, sin prensa ni curiosos, los funcionarios y delegados de todas las naciones en ese punto cardinal de la política mundial que son las Naciones Unidas. Allí, con discreta parsimonia, el Presidente tomaba un café con leche.
Comprendí que buscaba un rato de soledad y de reflexión, pero aun así me sorprendió. No es habitual encontrarse a solas con el presidente de un país. No tener que atisbarlo allende el torbellino del acostumbrado entourage. “Presidente Havel”, le dije, “es un alto honor saludarlo”.
Me respondió con cordialidad en su pulcro inglés y me invitó a sentarme. Otra sorpresa, porque se trataba de alguien casi desconocido para él. Hablamos brevemente de su gestión en ese Debate General que acerca a los líderes de mundo a las mesas de negociación y a los niveles de la tolerancia y la reconciliación. Aproveché entonces para hablarle ávidamente de mis ideas sobre la democracia participativa y me escuchó con cortés atención. Pronto se acercaron otros a solicitarlo y me disculpé discretamente para retirarme a mis quehaceres cotidianos con una renovada fe en la democracia y en el futuro de los pueblos.
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