El viernes pasado asistí en Miami a una conversación con el periodista ecuatoriano Juan Carlos Calderón, en el Instituto Interamericano por la Democracia (IID), que lideran Guillermo Lousteau (Argentina), Carlos Sánchez Berzaín (Bolivia), Karen Hollihan (Ecuador) y Armando Valladares (Cuba), entre otros.
Calderón, prestigioso reportero de investigación con experiencia en los diarios HOY de Quito y EXPRESO de Guayaquil, nos habló de su libro El Gran Hermano, donde revela el tráfico de influencia de los hermanos Correa, Rafael el presidente y Fabricio el negociante, que condujo a este último a acaparar contratos por unos cien millones de dólares, todo con la inocultable aquiescencia del mandatario.
Rafael Correa, como es corriente en los gobiernos del populismo neocomunista, gambeteó la necesaria investigación con atropellos a los periodistas denunciantes Juan Carlos Calderón y Christian Zurita y, por añadidura, a otros que procuraron proteger el interés público, como el diario El Universo y su coordinador de opinión Emilio Palacios.
La arremetida de Rafael Correa contra los periodistas ha servido para desnudar ante el mundo, no sólo la corrupción descarada e impune de su gobierno, sino también su carácter arbitrario y la textura autoritaria de su gestión.
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