martes, 28 de junio de 2011

Los mapas de la discordia

Abel Ibarra

La semana pasada asistí a la sesión de la Junta de Comisionados del Condado de Hillsborough, en la cual se debía proceder a la re-estructuración de los circuitos electorales mediante la selección de uno de los mapas propuestos por distintos sectores de la comunidad, evento en el cual los latinos pujábamos por uno que nos permitiera obtener una representación en el cuerpo edilicio, digo, en el caso de que salgamos a votar cuando nos toque.
En un trabajo destinado a indagar sobre las manipulaciones de esos mapas con los cuales se trataba de obviar que somos la primera minoría en el Condado, incluida la de los negros, además de colocar el mapa de la “Opción H” (presentada por Patrick Manteiga, Víctor DiMaio, Lydia Medrano y Chris Cano) envié una comunicación a los distintos comisionados participándoles mi apoyo personal a dicha opción, por lo cual recibí las gracias corteses de todos ellos y creí que había sacado la bola del estadium.
El caso es que cuando asistí al día siguiente a la sesión en la cual debía decidirse el destino de dichos mapas, me encontré con la extraña situación de que la “Opción H” había sido descartada y dos nuevas proposiciones estaban en mesa: el mapa “J”, que vaya usted a saber en qué condiciones quedaba la comunidad latina y otro destacado con el rimbombante nombre de “The people´s Map”, que no sé si traducir como el Mapa de la Gente o el Mapa del Pueblo.
De entrada me sentí como un convidado de piedra porque en dicha decisión no fue consultada mi opinión (a pesar de ser de los pocos que la manifestaron escrita y abiertamente), y me sentí como al corredor que sacan out cuando trata de robarse la tercera para poner a su equipo en posición anotadora, lo cual me permitió verificar, una vez más, que los latinos no somos ni siquiera un equipo, sino la coincidencia aleatoria de un conjunto de individualidades actuando sin orden ni concierto y a veces con intereses personales inconfesables.
Por otra parte, no se sabe de dónde salió la brillante y exclusiva idea de llamar a “nuestro mapa” el mapa de la gente o del pueblo, al parecer, denominado así por ese regusto por lo declarativo y la necesidad de diferenciarnos del resto del país (dígame esa vaina) que tenemos los latinos, lo cual no esconde más que un complejo soterrado con el cual, paradójicamente, queremos obtener relevancia.
Y, por esa vía, no hacemos sino ponérsela bombita a quienes le hacen resistencia a nuestros proyectos, aspiraciones y deseos, que no siempre defendemos como legítimos derechos civiles sino bajo la engañosa conciencia “del orgullo de pobre”.
De allí ese adefesio étnico con el que nos llamamos pomposa y fatuamente “la raza”, quizá, tomada confusamente de aquella expresión de Simón Bolívar en la Carta de Jamaica, en la que afirmaba que “somos un pequeño género humano”.
Pero los “otros”, o sea, blancos anglosajones y negros afro descendientes que tienen una larga tradición de lucha por los derechos civiles, también son gente y al ver lo dramático de nuestra confusión, nos tiraron una pategallina convertida en mapas creando la ilusión de debate en la que caímos como moscas pretenciosas sobre el detritus.
No es lo mismo hacer bolsas de papel que hacer el papel de bolsas, por eso es bueno que no podamos discutir este asunto hasta dentro de diez años a ver si por fin aprendemos. Y, en lo que a mí respecta, les respondo con el guajeo de una guaracha de moda en los años 60: “Conmigo no cuenten, yo soy Avicú”.