Los escritores, sobre todo los que han logrado llegar al panteón consagratorio del Nobel, deberían hacer como los deportistas, retirarse cuando comienzan a perder condiciones.
Claro está que para un hombre del talante vital, la valentía política, el genio y la fortuna literaria de Don Mario Vargas Llosa, debe resultar sumamente difícil descubrir en qué momento esas condiciones entran en declive y, tratar de indagar sobre las razones de esa disminución, equivaldría a hacerse la misma pregunta que aparece en Conversación en la catedral, en la cual, dos periodistas destilan la podredumbre en que los sumió la dictadura del general Manuel Odría: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.
También contribuye de manera decisiva a esa dificultad, el fervor con el cual sus lectores seguimos sus novelas, ensayos, artículos de prensa y opiniones, como quien consulta el oráculo, sin habernos decidido a chistar el mínimo desacuerdo cuando descubrimos que la destreza escritural, el logro estético y la fortaleza moral, alcanzados en libros como La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo y La tentación de lo imposible (por nombrar sólo algunos con los cuales Vargas Llosa desatornilla las bisagras que articulan lo convencional), no se compadecen con el artificio baladí de Travesuras de la niña mala, la injusticia y la ceguera política de Israel/Palestina: paz o guerra santa (en el cual hasta se retrata con los terroristas del Hamas palestino) o el fallido acto literario de El sueño del Celta.
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