Por Alexis Ortiz
El escritor.
Vino de El Tigre, tierra calcinada y jugosa de petróleo. Nicho de gente levantisca pero simpática. Fue un notable estudiante en la escuela de Periodismo de la UCV, y como profesor no lo hizo mal. Pero los medios de comunicación de la Democracia lo celebraron en demasía y él, por el extravío de la arrogancia o la debilidad (o ambas a una), se entregó a la bohemia y la nocturnidad. Perdió de vista que un escritor depende de su creatividad, pero sobre todo de la disciplina y la perseverancia. Si cambias la pluma, máquina de escribir o computadora por los engañosos efluvios del alcohol, seguramente vas a dejar de escribir, o por lo menos, vas a dejar de escribir cosas que valgan la pena.
Así el escritor de este cuento resbaló en su fracaso y, claro está, como es común en los resentidos (Ruth Capriles dixit), le echó la culpa a la sociedad. No tuvo el coraje de reconocer su responsabilidad. Por eso ha jugado a vengarse del colectivo social entregando lo que queda de su talento a este fastidioso teniente coronel golpista, paladín de los envidiosos y los odiadores.
El siquiatra.
Hijo de un dirigente estudiantil y guerrillero de buena fibra humana. A su padre lo conocí como un hombre víctima de la enfermedad llamada comunismo, pero capaz de gestos de mucha nobleza, como uno del cual soy testigo y cuando llegue la ocasión contaré. Su padre fue asesinado por unos policías con alma de esbirros y la inmensa mayoría de los venezolanos, de todas las tendencias, repudió ese horrísono crimen.
Pero su hijo creció cultivando el odio. Estudió siquiatría pero ni así logro entenderse a sí mismo. En lugar de profundizar en el sicoanálisis, el conductismo o cualquier otra opción científica, prefirió dedicarse a la venta de medios pasajes estudiantiles. Y desde luego a seguir odiando.
Hoy el siquiatra sin vocación, porque la suya es la de perseguidor, encontró también en el llamado Chacumbele el látigo para sus revanchas. Su amo lo ha premiado con cargos y negocios y él a cambio le sirve, tratando a los adversarios con la misma saña de los que provocaron su rabia infantil.
El diplomático.
Fue uno de los líderes juveniles social cristianos que temprano admiré. Era lúcido y ocurrente. Elegante de verbo y modales. Pero con un exceso de concupiscencia y sibaritismo que no lo ayudaba a desarrollarse como dirigente político. Por eso escoró hacia la diplomacia.
Allí exhibió su indiscutible capacidad y pudo, ¡qué suerte!, encontrar un espacio para vivir como millonario con el mínimo esfuerzo. En la Democracia su talento fue reconocido con los más altos cargos y distinciones. Pero no lo hicieron ministro porque se le consideraba muy frívolo y señorito para esa función. Además, los Calvani, Consalvi y otros jefes de la Casa Amarilla, estaban convencidos de que “patiquín que estriba corto, no monta caballo en pelo”
El nunca perdonó lo que consideró una afrenta. Su obsesión siempre fue ser Canciller de la República. Y de súbito descubrió que, con su maestría de adulante y las necesidades del ego de Chacumbele, él podía lograr su objetivo. Por eso se entregó al autócrata con una obsecuencia, que sólo sirve para confirmar la sentencia del Libertador: “El talento sin probidad es un azote”.
Ojalá que el resentimiento no sea una pasión incurable, como nos dice la Capriles que sostenía el abstruso Nietsche, porque no estaría mal rescatar a los alabarderos de Chávez, de lo que el tango de Cátulo Castillo llama “el hondo bajo fondo donde el barro se subleva”.
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