
En sólo unos días, nuestro mundo se volteó al revés. La epidemia de influenza A H1N1 nos hace sospechar hasta de la gente que más queremos. Lo que era normal ya no lo es. Y actuar como antes puede ser mortal.
Los otros, de pronto, se convirtieron en una amenaza. ''El infierno son los otros'', escribió Jean-Paul Sartre, y México empezó a arder.
Un simple anuncio del gobierno un jueves por la noche convirtió a los 20 millones de habitantes de esta ciudad en mis posibles y anónimos torturadores. Y yo me convertí en su potencial verdugo. ¿Las armas? Una tos o un estornudo. Esa noche el gobierno nos avisó que una epidemia de un virus desconocido azotaba México y el miedo se nos coló por los ojos, la boca y los oídos.
A partir de ese momento, todo cambió. Los mexicanos, que decimos tanto con las manos, las escondimos. Evitamos tocarnos. No más besos para saludar. Ni abrazos con tres palmaditas en la espalda. Ni apapachos ni susurros. El mensaje, cargado de pánico, era: el que toca o se deja tocar se muere.
Los otros, de pronto, se convirtieron en una amenaza. ''El infierno son los otros'', escribió Jean-Paul Sartre, y México empezó a arder.
Un simple anuncio del gobierno un jueves por la noche convirtió a los 20 millones de habitantes de esta ciudad en mis posibles y anónimos torturadores. Y yo me convertí en su potencial verdugo. ¿Las armas? Una tos o un estornudo. Esa noche el gobierno nos avisó que una epidemia de un virus desconocido azotaba México y el miedo se nos coló por los ojos, la boca y los oídos.
A partir de ese momento, todo cambió. Los mexicanos, que decimos tanto con las manos, las escondimos. Evitamos tocarnos. No más besos para saludar. Ni abrazos con tres palmaditas en la espalda. Ni apapachos ni susurros. El mensaje, cargado de pánico, era: el que toca o se deja tocar se muere.