sábado, 6 de diciembre de 2008

Obama y la hora de los gatos


Obama y la hora de los gatos
Abel Ibarra

La consigna del “Cambio”, esgrimida por el presidente electo Barack Obama como mascarón de proa de su campaña electoral, contó con varias virtudes por sus diversos niveles de lectura. El más inmediato es que la sola palabra remitía a la idea de salir, ipso facto, de la actual administración del presidente Bush por otra más eficiente que desde los postulados de la campaña abriría el camino a un mayor bienestar para la nación. El espinoso asunto de la guerra en Irak (iniciado por la falsa información de la existencia de armas de destrucción masiva e hiperbolizado por el tableteo de las rotativas de los diarios y noticieros televisivos), el aumento del desempleo y el enfriamiento de la economía que sumieron en el descrédito la gestión de Bush (más la estrepitosa caída, a última hora, del sistema financiero que precipitó luego la crisis global), fueron el “status quo” que el entonces candidato Obama prometió sustituir.
La consigna del “Cambio” cuajó inmediatamente en la conciencia del electorado más joven (en un país donde lo juvenil es un fetiche), sobre todo cuando Obama enfrentaba a un candidato como McCain, mayor de setenta años, que representaba la continuidad de las políticas de su antecesor, aun cuando tratara infructuosamente de desmarcarse de éste.
Una segunda lectura, que condujo a los electores a preferir la opción del candidato ganador, es una no menos atractiva: la posibilidad de sustituir la fosilizada imagen del pasado que representan Bush y McCain, por una más joven, renovada, con cara de futuro, encarnada por el Dr. Obama, con su background y “savoir faire” de intelectual refinado que tanto gusta a la gente “progre”, no sólo de Estados Unidos sino del mundo.
La fluidez discursiva del candidato demócrata, sumada a su atractivo personal y su capacidad para penetrar sectores del electorado desafectos a las políticas conservadoras, fueron el aliciente para que la promesa de ese cambio creciera como la espuma en un vaso de cerveza batido por la mano de los electores que le dieron su favor.
Ahora, quieto el vaso después del ajetreo electoral, la espuma ha llegado a su verdadero nivel y puesto las cosas en sus justos términos.
Y es que si nos atenemos a la coletilla final de la consigna “... we can believe in”, es decir, un cambio en el que se pudiera creer, esa promesa abierta hasta el infinito en el eslogan inicial, se constriñe al más realista escenario de “modificar” sólo lo que es posible. O sea, que ya no se trata de hacer “caída y mesa limpia” como creyeron algunos atraídos como virutas por el imán de la campaña, sino de hacer algunos retoques al antiguo escenario para recuperar la fe perdida por los norteamericanos.
El discurso de Obama hizo creer a los conservadores más radicales, entre ellos a buena parte de inmigrantes latinos golpeados por las dictaduras y proto-dictaduras de nuestros propios países (y por tanto más cercanos a las políticas republicanas enfrentadas a éstos), que en el fondo de las propuestas de Obama se escondía un “filo socialista” cercano a la izquierda trasnochada que tirita en nuestro continente. Desde este punto de vista, Obama terminaría creando puentes con regímenes que marchan como corderos tras el señuelo del Socialismo de Siglo XXI, inventado en la Habana e invocado por Hugo Chávez como muletilla para concitar el apoyo de aliados circunstanciales en su aguaje de “Guerra contra el Imperio”. Pero Obama ha hablado con varios líderes latinoamericanos excluyendo deliberadamente al calenturiento Chávez, cosa que lo tiene histérico porque, además de la reciente derrota electoral donde sus adversarios le ganamos las gobernaciones más importantes, siente que no podrá calentar sus posaderas en las mullidas poltronas de la Casa Blanca.
Obama está actuando con la sabiduría de un estadista que emergió de los salones de Harvard donde fue un aventajado “Scholar”. La conformación de su gabinete es evidencia de que se le puede tachar de cualquier cosa menos de izquierdista, al haber seleccionado la mayoría de sus miembros entre experimentados colaboradores del ex presidente Bill Clinton; dicho sea de paso, cuya fotografía era utilizada como diana para las prácticas de tiro de los miembros de Al Qaeda, impelidos por la fiebre de tumbarle la cabeza al jefe del “Imperio”. En resumidas cuentas, se ha operado el regreso a un pasado que contó con mejor fortuna, emulando el “Mito del Eterno Retorno” que signa la vida cotidiana según dice el filósofo Mircea Eliade en su libro del mismo nombre.
Y, en el espinoso caso de la Guerra de Irak, decidió dejar en su cargo al actual Secretario de Defensa, Robert Gates, quien conoce al dedillo los pormenores del conflicto y sabrá qué hacer en su debido momento, sin saltos en el vacío que distorsionen lo logrado hasta ahora en una conflagración que arroja menos bajas que las habidas por la violencia en Detroit, el narcotráfico en México y la delincuencia común en Venezuela.
Obama va a cambiar “sólo lo que es posible” como sugería la frase final del eslogan que lo llevó a la victoria. Con eso demuestra que tiene detrás un partido con tradición que ha contribuido a construir el piso institucional del país, más allá de todo discurso irreverente. También exhibe una prudencia a tono con la necesidad de los Estados Unidos de seguir siendo la primera referencia mundial, en un momento en que el capitalismo estornuda porque tiene gripe, lo cual le aconseja marchar hacia un “liberalismo sensato” o un “conservatismo flexible” en el manejo de los asuntos del Estado. Como aconsejaba Norman Mailer, quien solía caminar sobre el filo de la navaja, al decir que era un “conservador de izquierda”.
Ah, además, Obama, el hombre “we can believe in” ha actuado con la astucia de los gatos. ¿Pardos?. Vale.