Por fortuna en España, lugar donde nació el terminejo de “indignados” (dando alaridos sordos en la Puerta del Sol), acaban de ocurrir unas elecciones convertidas en lección para quienes alientan la pesadilla disfrazada de sueño…
Lo de indignados no está muy claro. Lo de malcriados sí, sólo por ser indulgentes al nombrar ese izquierdismo que buena parte del planeta lleva entre pecho y espalda como trasnocho ideológico y sarampión protestero. Malo. Los sarampiones suelen brotar naturalmente en la infancia para cumplir su ciclo febril y desaparecer para siempre sin reincidencias que postren de nuevo al enfermo, so pena de convertirlo en un paciente crónico.
Doblemente malo cuando el morbo es estimulado y financiado por agentes del comunismo que fracasó en el Siglo XX, nuevamente agotado tras la máscara de socialismo del XXI, pero que han intentado disfrazar de protesta civil con su tufo a movimiento hippy reciclado, concentraciones de sexo comunal, consignas alucinógenas que aspiran a motivar la revuelta y bocanadas de marihuana pareja para hacerse creer que están a puntico de cambiar el mundo.
Peor, cuando los medios de comunicación, acostumbrados a convertir la noticia en show, el incidente en desastre y la vida cotidiana en boxeo de sombras, despliegan primeras planas de los diarios a cinco columnas con fotos de una angulación trucada y espacios “prime time” en los noticieros de TV cotidianos, tratando de convertir en masas irredentas e irreductibles a una muchedumbre confusa, manipulada por los constructores de ruinas que son los ventrílocuos perversos de esta pantomima que vocifera en algunas (muy pocas) plazas públicas del planeta.
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