Abel Ibarra
El único candidato con el que he ganado elección alguna desde que voté por primera vez ha sido Antonio Ledezma.
Esta suerte la he tenido en dos oportunidades, la primera cuando hice campaña y voté por él para la Alcaldía de Libertador y Aristóbulo Istúriz, quien buscaba la reelección, tuvo que morder el polvo de la derrota a pesar de la arrogancia de “quien ha visto negro como yo”, oculta tras ese disfraz socialista como fetiche cazabobos con su falsa promesa de redención de pobres.
La segunda fue en la reciente elección del Alcalde Mayor de Caracas, en la que Antonio puso de nuevo las cosas en blanco y negro, al derrotar, contra todo pronóstico, trampa electoral y abuso financiero, al mismo negro con diferente cachimba, que ya había aprendido a fumarse la misma lumpia que se fumó Chávez cuando cogió esa nota de profeta estupefaciente en la que vive.
Antonio estuvo la semana pasada por Miami para continuar en su campaña para las primarias presidenciales de la oposición y lo primero que me sorprendió al acompañarlo en la asamblea en el Doral y en el programa de televisión en el que Alexis Ortiz lo entrevistó, fue el talante juvenil que conserva, a pesar de ser uno de los políticos venezolanos de mayor experiencia, catadura del éxito y espíritu de sacrificio, condiciones que los venezolanos le han correspondido con su confianza.
continua: