Américo Martín
Lo bueno de las Cumbres es que pueden proporcionar espacios para acuerdos bilaterales. Lo regular es su incesante bascular entre lo insignificante y lo funambulesco. Y lo malo, ser arma arrojadiza contra la unidad del continente. El balance de la VI Cumbre reunida en Cartagena merece una consideración aparte. No cabe despacharlo con frases para una Historia que no las recordará.
El conflictivismo de algunos infatuados socios del ALBA empañó la reunión. No hubo declaración de cierre, la exclusión de EEUU no cuajó del todo pero ralentizó el esfuerzo del presidente Santos de conseguir un estatus hemisférico privilegiado. Ha querido ser el punto de confluencia de tendencias extremas y moderadas; y de EEUU y sus adversarios. No sin razón sentíase orgulloso de su habilidad personal que le permitió calmar las turbulencias con Venezuela y Ecuador, y ratificar la tradicional fluidez colombo-cubana. Todo eso sin dejar caer la colaboración de y con EEUU, su proteico aliado.
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