Carlos Alberto Montaner
El economista Morgan Housel ha tenido la útil y sorprendente cortesía de desmentir con datos las dos hipótesis más divulgadas sobre la supuesta dependencia que Estados Unidos tiene de China.
El primero de sus hallazgos, basado en información oficial norteamericana publicada en 2010, es la escasa importancia relativa que tiene la compra de productos chinos por parte de los norteamericanos. De los gastos de consumo, apenas el 2.7% se dedica a adquirir bienes fabricados en China.
Estados Unidos importa de China 399 millardos (billones en inglés) anualmente, pero en una economía de 14.5 billones (trillones en inglés), esa cifra apenas alcanza el 2.7 señalado.
En definitiva, los norteamericanos gastan el 34% de sus ingresos en vivienda, 13 en comida, 11 en seguros y pensiones, 7 en salud y 2 en educación. Eso suma un 70% del gasto, cantidad que se emplea casi totalmente en productos o servicios made in USA.
La idea de que los norteamericanos fabrican hoy menos cosas no se confirma en la realidad. Jamás la nación ha hecho más bienes y servicios. Lo que sucede es que la tecnología ha reducido la cantidad de mano de obra necesaria. Según Housel, en 1950 la compañía U.S. Steel producía seis millones de toneladas de acero con treinta mil empleados. Hoy hace siete y medio millones con sólo cinco mil trabajadores. El problema no está en China, sino en el aumento tremendo de la productividad por trabajador en Estados Unidos.
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