Al teniente coronel Hugo Chávez, presidente de Venezuela, le gusta
alardear de su vocación guerrera. Insiste en que disfruta la confrontación.
Pero sus adversarios aseguran que a él le gusta pelear con ventaja, que cuando
lo enfrentan en igualdad de condiciones termina, como dirían los chilenos, sacándole el poto a la jeringa.
Chávez quedó tan dislocado después del clamoroso triunfo de Henrique
Capriles Radonski en las elecciones Primarias de la oposición democrática
venezolana, que después de 48 horas de pastoso silencio, agotó el resto de la
semana con insultos y provocaciones a Capriles. No hay dicterio que Chávez no
haya vomitado en los últimos días para maltratar al abanderado del rescate de
la Democracia en Venezuela.
Pero la histeria discursiva de Chávez revela la desesperación del hombre
por el éxito de las elecciones Primarias de la oposición y, desde luego, la
aparición de un candidato único, con un programa unitario y el respaldo
incondicional de los otros precandidatos (y sus seguidores) que participaron en
el proceso.
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