lunes, 23 de enero de 2012

Un príncipe americano





El poeta Rainer María Rilke dijo que “todo ángel es terrible”. El aserto pareciera haber sido pensado para darle  exactitud a la figura del nicaragüense Rubén Darío, quien inventó un mundo fulgurante de princesas, cisnes, hadas y emanaciones extracorpóreas en la América Central selvática y rocosa, para hacer peso sobre una realidad angosta que se le impuso desde un día de 1867 en que nació como un príncipe lechal y provinciano.
Todo en él fue poesía, ablandamiento de lo cotidiano con el martillo dulce de las palabras, que, en su caso, hicieron lo que indica la máxima: “habla de tu aldea y te estarás refiriendo al universo”. Tanto habló de sus pequeños lugares cotidianos que pronto fue un individuo notorio como niño precoz, cuya protección se disputaban los presidentes de Centro América, igual a quien quiere retener para sí la joya de la corona y terminó siendo en el mundo la gran referencia americana, al ser el creador de ese movimiento llamado el Modernismo.
La gente suele confundir modernidad con modernismo, cuando la primera es el resultado de acontecimientos novedosos que se suceden vertiginosamente en lo cotidiano para que exista el mañana, y, el segundo, un momento suspendido en el tiempo que tomó del “simbolismo” francés la certeza de que la vida no es lo que vemos, sino algo misterioso que se manifiesta a través de símbolos que debemos descifrar.
Allá está Mallarmé con su verso “La naturaleza es un templo donde vivos pilares dejan a veces escuchar voces oscuras” y, aquí, Rubén Darío le hizo el relevo hasta llevar al extremo del paroxismo unos versos que constituyen el tuétano vital de quienes escogieron la palabra para instalarse en el mundo: “Torres de Dios, poetas, pararrayos celestes, que resistís las duras tempestades, como rocas escuetas, como picos agrestes, rompeolas de las eternidades”.
Allí habla el ángel terrible que definiera Rilke, porque Rubén Darío todo lo vivió y todo lo bebió, tanto, que, a los cuarenta y nueve años, hizo un paréntesis terreno hasta nuevo aviso, cuando el hígado le estalló de cirrosis fulminante, pero ya sus poemas se habían encargado de instalarlo en una órbita que lo hizo llamar el Príncipe Americano, porque encontró nuevos lugares donde poner los acentos hispánicos, mezclados con una prosodia indígena e irreverente que le dio a lo español nuevas dimensiones para expresar el mundo por venir.
Cuando Pablo Neruda fue nombrado cónsul de Chile en Buenos Aires conoció a Federico García Lorca, y, cuenta el chileno, que García Lorca le propuso hacer un poema “al alimón”, cosa desconocida por Neruda, para celebrar la memoria de Rubén Darío en un banquete que daban en honor de ambos.
Lorca le explicó que “al alimón” era una suerte de toreo en que dos matadores “hurtan el cuerpo al toro cogidos de la misma capa” y entonces decidieron ambos toreros de metáforas celestes, cogerse de la misma capa de la poesía y escribieron unos versos alternados en aquella faena celebratoria. Neruda responde a Lorca: “Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido”.
Y allí estaba otra vez Rubén Darío con su olor a fantasma debutante que ahora celebra un nuevo aniversario.