El poeta Rainer María Rilke dijo que
“todo ángel es terrible”. El aserto pareciera haber sido pensado para
darle exactitud a la figura del
nicaragüense Rubén Darío, quien inventó un mundo fulgurante de princesas, cisnes,
hadas y emanaciones extracorpóreas en la América Central selvática y rocosa, para
hacer peso sobre una realidad angosta que se le impuso desde un día de 1867 en
que nació como un príncipe lechal y provinciano.
Todo en él fue poesía, ablandamiento de lo
cotidiano con el martillo dulce de las palabras, que, en su caso, hicieron lo
que indica la máxima: “habla de tu aldea y te estarás refiriendo al universo”.
Tanto habló de sus pequeños lugares cotidianos que pronto fue un individuo
notorio como niño precoz, cuya protección se disputaban los presidentes de
Centro América, igual a quien quiere retener para sí la joya de la corona y
terminó siendo en el mundo la gran referencia americana, al ser el creador de
ese movimiento llamado el Modernismo.
La gente suele confundir modernidad con
modernismo, cuando la primera es el resultado de acontecimientos novedosos que
se suceden vertiginosamente en lo cotidiano para que exista el mañana, y, el
segundo, un momento suspendido en el tiempo que tomó del “simbolismo” francés
la certeza de que la vida no es lo que vemos, sino algo misterioso que se
manifiesta a través de símbolos que debemos descifrar.
Allá está Mallarmé con su verso “La
naturaleza es un templo donde vivos pilares dejan a veces escuchar voces
oscuras” y, aquí, Rubén Darío le hizo el relevo hasta llevar al extremo del
paroxismo unos versos que constituyen el tuétano vital de quienes escogieron la
palabra para instalarse en el mundo: “Torres de Dios, poetas, pararrayos
celestes, que resistís las duras tempestades, como rocas escuetas, como picos
agrestes, rompeolas de las eternidades”.
Allí habla el ángel terrible que
definiera Rilke, porque Rubén Darío todo lo vivió y todo lo bebió, tanto, que,
a los cuarenta y nueve años, hizo un paréntesis terreno hasta nuevo aviso,
cuando el hígado le estalló de cirrosis fulminante, pero ya sus poemas se
habían encargado de instalarlo en una órbita que lo hizo llamar el Príncipe
Americano, porque encontró nuevos lugares donde poner los acentos hispánicos,
mezclados con una prosodia indígena e irreverente que le dio a lo español
nuevas dimensiones para expresar el mundo por venir.
Cuando Pablo Neruda fue nombrado cónsul
de Chile en Buenos Aires conoció a Federico García Lorca, y, cuenta el chileno,
que García Lorca le propuso hacer un poema “al alimón”, cosa desconocida por Neruda,
para celebrar la memoria de Rubén Darío en un banquete que daban en honor de
ambos.
Lorca le explicó que “al alimón” era una
suerte de toreo en que dos matadores “hurtan el cuerpo al toro cogidos de la
misma capa” y entonces decidieron ambos toreros de metáforas celestes, cogerse
de la misma capa de la poesía y escribieron unos versos alternados en aquella
faena celebratoria. Neruda responde a Lorca: “Pero nosotros vamos a establecer
entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una
muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su
hora marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a
repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido”.
Y allí estaba otra vez Rubén Darío con
su olor a fantasma debutante que ahora celebra un nuevo aniversario.
