sábado, 3 de diciembre de 2011

El síndrome de Teherán

Numerosos manifestantes irrumpen en la embajada británica en Teherán, el martes pasado, durante una protesta por las sanciones de Londres contra bancos iraníes.

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Roberto Casín

 Ya lo hemos visto. Turbas enardecidas allanando embajadas, arrojando piedras y bombas incendiarias, quemando banderas y vehículos, poseídas por el odio y blandiendo toda la ira de Alá. Esta vez fue en la legación diplomática británica en Teherán, en una escueta réplica de lo sucedido a diplomáticos estadounidenses en 1979, cuando más de medio centenar de rehenes estuvieron 444 días secuestrados por inspiración divina a manos de estudiantes fieles al ayatolá Jomeini, enemigo jurado del “Gran Satán”.

En las tres décadas posteriores al nacimiento de la República Islámica de Irán se han producido infinidad de ataques a embajadas en Teherán, y lo mismo han pagado por pecadores británicos que franceses. Pero la llamada revolución iraní no inauguró la Yihad o Guerra Santa. La anunciada y deseada decadencia de Occidente es objeto de culto desde tiempos inmemoriales en las academias islámicas ortodoxas, y un deseo patológico entre los más recalcitrantes musulmanes. Nada tiene que ver con que los hombres en nuestra cultura lleven bigote, haya bares en las esquinas o las mujeres sean libres de seducir con sus minifaldas.

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