Abel Ibarra
“En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto no es siquiera el fantasma que ya era entonces”, dice Jorge Luis Borges de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del Sur, cuyo recuerdo difuso persistía en el hotel de Adrogué (provincia de Buenos Aires) y en la memoria del autor del cuento “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius”. La afirmación, per se, es lapidaria y sirve de intención genética cuando Borges nos presenta a un personaje espectral como adelanto de lo volátil e inasible de la historia por narrar, especialmente si nos atenemos a la etimología de su apellido, Ashe, cercana a la raíz anglosajona “ash” que nos refiere a la no menos volátil ceniza.
Pero si de etimologías y aproximaciones nos servimos, tenemos que Ashe se emparenta casi sin fricciones con el apelativo “Che”, conservando el mismo significado de ceniza que fue la semivida de Ernesto Guevara de la Serna, fundada en el régimen de terror y muerte desatado a punta de fusil en Cuba, y, en la falsificación e impostura de su personalidad desde el mismo día de su nacimiento. Eso lo demuestra Don Enrique Ros, historiador que le pone huesos al alma cubana de Miami, en su libro “Ernesto Che Guevara: Mito y Realidad”.
continua
http://textosyanexos.blogspot.com/2011/12/ernesto-che-guevara-de-la-sangre.html
