Por Luis Conte Agüero
Anda el tirano babeando oficinas y estudios habaneros y hasta en Artemisa para recuperar vigencia. No se resigna a que su hora pasó. Hora prolongada en décadas de infamia y crueldades infernales. Ni siquiera la ancianidad lo hace lucir venerable. Parece que ruinas humanas vuelven en odios y oprobios a predecir la Apocalipsis. Evadiendo el tema doméstico, se consagra a pronosticar y en el fondo querer la desgracia nuclear, la guerra de exterminio que, desde luego, no incluya su muerte. Porque al no creer en Dios, no tiene más allá. Sus polvos no vivirán en la gloria de los grandes ni en la gloria de los buenos.
Su decir y andar daría lástima si no
