
Meter una pica en Flandes
Abel Ibarra
Abel Ibarra
Hace muchos años tuve la suerte de hacer una larga visita a Bruselas, invitado por una amiga muy querida de requiebros en el corazón que hacía las veces de diplomática en la Embajada de Venezuela en el antiguo Flandes. Aparte del encandilamiento de la primera vez en los “Países Bajos”, “sur le soleil triste et noir de la mélancolie” (bajo el sol triste y negro de la melancolía), que diría Gérard de Nerval, varios asuntos sentimentales (aparte de mi amiga), se me quedaron grabados como un tatuaje en el músculo de la memoria.
Los tranvías haciendo más simétricas las calles de la ciudad, la impudicia del “mannequin pis” (ese muchachito convertido en fuente que orina en una de las esquinas que dan a la Plaza Mayor), la proliferación de restaurantes árabes que crecen como hongos en la piel de la gran ciudad, las pinturas estrambóticas de Brueghel el Viejo y demás pintores flamencos que se adelantaron en siglos a la locura de los surrealistas, me cambiaron la imagen que tenía de Bélgica.
Continua