MERCEDES SOLER
Una de las importantes lecciones de vida, que todavía rige mi existencia, la aprendí de un profesor de comunicaciones durante el primer semestre de mi primer año universitario. Recuerdo que su clase se reunía a las 8 de la mañana en el campus del centro de Chicago, por lo que me veía obligada a levantarme demasiado temprano para tomar el autobús y los dos trenes que me dejaban a tres cuadras de Loyola a las 7:30. Si llegábamos tarde, el maestro no nos dejaba entrar a su auditorio. Como con la mayoría de los conceptos que me enseñaron los jesuitas, aquellos madrugones en temperaturas gélidas valieron la pena.
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