miércoles, 16 de julio de 2008

Analisis de Daniel Samper sobre los otros rescatados

Analisis de Daniel Samper sobre los otros rescatados

Los otros rescatados
Daniel Samper Pizano

Probablemente no ha habido ningún relato de secuestrados tan dramático como el del sargento John Jairo Durán, rescatado la semana pasada con Íngrid Betancur y otros trece rehenes, cuando contó cómo habían sido las últimas semanas del capitán de la Policía Julián Ernesto Guevara, muerto prácticamente en sus brazos en enero del 2006 al cabo de siete años de cautiverio. Él y sus compañeros cayeron en manos de la guerrilla tras resistir hasta el último cartucho durante una emboscada en Mitú. Guevara ya casi ni comía pues, dijo Durán, los carceleros de las Farc le exigían, para darle su ración, que mendigara el pan e insultara su uniforme, y el capitán se negó a humillación semejante. Falleció a los 40 años, quebrantado, encadenado, esquelético y en estado de extrema debilidad.

De no haber sido por el conmovedor relato de Durán, quizás nunca habríamos sabido de este valiente oficial de modestos orígenes que quedó sepultado para siempre en la jungla, lejos de su madre, su mujer y su hija. Como Guevara y Durán, decenas de ciudadanos ignorados -en su mayoría soldados y policías- sufrieron y aún sufren la infame esclavitud del secuestro. Se justifica, pues, el regocijo con que celebramos todos el feliz suceso de la operación 'Jaque', cuya precisión quirúrgica contradice el supuesto oxímoron de la "inteligencia militar". Bien merecen el reconocimiento por la hazaña las Fuerzas Armadas, el presidente Uribe, el ministro Santos y cuantos participaron en ella. ¿Hubo dinero de por medio? Poco importaría: es buen trueque derramar dólares para no derramar sangre.

Hay, sin embargo, dos ingredientes del festejo que me preocupan, y procuraré escoger cada letra y cada palabra en lo que voy a escribir porque, como están las cosas, un malentendido podría atraerme el diluvio universal de oprobios. El primero es que existe un odioso toque clasista en la celebración. Proclamo mi alegría por el rescate de Íngrid, mi admiración por la actitud que observó durante el cautiverio (igual a la de casi todos los demás rehenes) y mi aplauso por sus declaraciones solidarias. Pero el huracán mediático que sopla desde Francia -y esto no es culpa de ella, por supuesto- olvida a los ciudadanos humildes que atravesaron penurias iguales o peores, como el heroico capitán Guevara.

Se propone a Íngrid para el Premio Príncipe de Asturias y el Nobel de la Paz.
¿Por qué no también al subintendente John Frank Pinchao, que escapó tras nueve años de cautiverio, anduvo por la jungla 17 días y ofreció datos claves para el rescate del miércoles pasado?
¿Por qué no a los uniformados aprehendidos mientras prestaban un sacrificado servicio a sus compatriotas que cumplirán once años enjaulados como animales?
¿Por qué no el cabo segundo William Pérez, de quien Íngrid dice que le salvó la vida con sus palabras y su cuidado?
Surge un agravio comparativo cuando se exalta solo el indudable valor de la secuestrada de mejor familia y se ignora a los demás. Más aún cuando, según la prensa europea, Íngrid dijo en París: "Le debo todo a Francia" (Público, Madrid, julio 5/08).

El segundo elemento irritante es el bochornoso espectáculo político que desató el rescate. Casi todos los grupos se descaran por conquistar ese as electoral que se ha vuelto Íngrid y ya calculan alianzas y réditos de su apoyo. Quienes le tenían escasa consideración cuando era una candidata marginal y sin posibilidades hoy le cantan himnos de gloria y aspiran a que les conceda un baile, una mirada.

Lo mejor que podemos hacer es olvidar la mezquina vara de premios, enfocar todos los esfuerzos por sacar a los secuestrados que aún siguen en el infierno y convencer a las Farc de que su aventura no tiene futuro y debe terminar cuanto antes y de la manera menos sangrienta posible.


cambalache@mail.ddnet.es
Daniel Samper Pizano