Carlos Alberto Montaner
Los argentinos se preparan para reducir la edad de votar. Van a pasar de los 18 años a los 16. ¡Demagogia, cuántos disparates se cometen en tu nombre! La maniobra ha sido ideada por la bancada oficialista y ya fue aprobada por la Cámara de Diputados. El cálculo es que los más jóvenes votarán por quienes les han concedido ese supuesto derecho.
Naturalmente, muchos argentinos desconfían de la medida. Piensan que se trata de una maniobra de la presidente Cristina Fernández para fortalecer sus huestes (su popularidad ha caído en picado hasta el 35%) si finalmente el peronismo decide volver a cambiar la Constitución para admitir la reelección.
Ya se sabe que los políticos son animales feroces que se alimentan de votos insaciablemente. Algunos de los mayores disparates de la historia del parlamentarismo se han perpetrado durante la cacería de electores.
Los congresistas y senadores de Estados Unidos prohibieron el consumo de alcohol en los años veinte del siglo pasado para cortejar el inminente voto femenino que estaba a punto de aprobarse.
Como, desde el XIX, la militancia feminista, además de ser sufragista, participaba en las “ligas de temperancia”, unas organizaciones que preconizaban la persecución del vicio de beber, corrieron a complacer a estas aguerridas damas para ser recompensados en las urnas.
Así nacieron Al Capone y sus “gatillos alegres” en la época de la prohibición. Eran los hijos bastardos, no deseados, de la lujuria electoral de los políticos.
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