jueves, 11 de octubre de 2012

LA VICTORIA Y LA DERROTA

                                                                         Abel Ibarra

 El presidente Kennedy decía que la victoria tiene mil padres y la derrota es huérfana. Rudyard Kipling, en su poema “Si”, del si condicional, nombraba ambas como “esos dos impostores”. ¿Por qué? Sencillamente porque toda victoria es efímera y toda derrota circunstancial, si se piensa que la vida continúa siempre tras un nuevo desafío. No es optimismo ciego. En estos momentos de sequía emocional por los sucesos electorales del 7 de octubre (que no resultan un descalabro), también se me viene a la memoria Winston Churchill, quien afirmó, palabras más, palabras menos, que el fracaso no es más que un paso en el camino hacia la victoria. Churchill sólo le ofreció a su país sangre, sudor y lágrimas, en un momento duro como el pan de ayer.

 No es fácil acercarse al tino de ese dream team de las frases célebres, pero aventuramos una que podría bordear lo que nos ocurrió a los venezolanos del exilio: perdimos y ganamos pero no lograron humillarnos. Perdimos unas elecciones ante el abuso, el ventajismo y la vesanía de un gobierno que nos cerró el consulado de Miami intentando doblarnos las rodillas, como ellos lo harán cuando les toque el turno del fracaso. Ganamos porque, a trancas y barrancas, y, gracias al esfuerzo, la convicción y el denuedo de los integrantes de la Mesa de la Unidad Democrática, se logró trasladar a New Orleans, a 1.400 kilómetros, a casi nueve mil personas de alma, carne y hueso, incluidas las ciento veinticinco disminuidas por la edad y los impedimentos físicos, a quienes el cónsul del odio no les permitió votar.

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